En octubre de 1928 Virginia Woolf dictó dos conferencias en Cambridge sobre las mujeres y la novela. Al año siguiente las reescribió, las amplió, y las publicó como un libro de 172 páginas que cambiaría la historia de la crítica feminista: Una habitación propia.
La tesis es simple y demoledora: para escribir, una mujer necesita dinero y una habitación propia con cerradura. No metáforas — dinero contante y un cuarto cuyo acceso pueda controlar. De ahí parte una de las defensas más lúcidas que se hayan hecho de las condiciones materiales de la creación intelectual.
Casi un siglo después, las cifras siguen dándole la razón a Woolf. Esta edición incluye la traducción que Jorge Luis Borges hizo en 1936 — la primera al castellano —, revisada y anotada por María Auxiliadora Álvarez.